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Postiglioni; Julio

Julio Postiglioni es director nacional de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA).
Creada en 2005 por decreto presidencial de Néstor Kirchner, en remplazo de la antigua y militarizada Policía Aeronáutica Nacional (PAN), que dependía de la Fuerza Aérea y que estuvo involucrada en un escándalo por tráfico de casi 60 kilos de cocaína en un vuelo a España de Southern Winds.
Hoy la institución cuenta con 85 oficiales por guardia de 12 horas –según las propias autoridades se necesitarían entre 140 y 150 policías para un mejor control– que no sólo se ocupan de detectar contrabando de estupefacientes o ladrones en el freeshop, sino también de delitos de lesa humanidad o trata de personas.
“Muchos jueces nos piden a nosotros para las investigaciones y los allanamientos porque somos una fuerza que no esta contaminada. La mayoría de las últimas detenciones a represores fueron realizadas por la Policía Aeroportuaria”, cuenta orgulloso Ricardo Collazo, subjefe de la Unidad Regional 1 y suerte de guía turístico en Ezeiza.
“Si te quedas un rato parado acá –dice a metros de los mostradores de las aerolíneas– te garantizo que no te vas a dar cuenta quién es el que roba porque están mimetizados con el resto. El saco y la corbata no significan nada porque el punga no es sólo el rotoso. Hay pungas que vienen a robar con maletín y notebook.”
Según los registros, desde su creación la PSA desbarató 89 organizaciones dedicadas al robo, el hurto, el narcotráfico y la trata de personas, y en 2010 detuvo a 47 personas imputadas en causas de lesa humanidad, que desde 2005 suman 71.
“Cuando se detiene a alguien en el aeropuerto se lo entrega al juzgado con un sumario abierto y se incautan los elementos para la investigación. Si hay un oficio del juez que nos vincula con otra fuerza, colaboramos pero preferimos que cada uno vaya por su lado. Tratamos en lo posible de no trabajar con nadie”, confiesa Collazo, y luego agrega, con cara de espanto, que también evitan cualquier contacto con la DEA (el departamento antidrogas estadounidense) y el FBI.
Miradas esquivas, manos sudadas o apuros excesivos. La mínima mueca puede delatar al traficante disfrazado de pasajero y condenarlo a la sombra. Sin embargo, es imposible dibujar un único perfil de “mula”. “Si vas sólo detrás de los peruanos o los bolivianos te van a pasar por encima. Yo he agarrado a búlgaros rubios de ojos celestes, a minas que parecen modelos o ancianas de 70 años”, recuerda un oficial que pide reservar su identidad a cambio de la indiscreción.
Existen dos tipos de “mula”: la “envainada”, que es la persona que lleva la droga pegada a su cuerpo y la “ingestada”, que es más difícil de detectar porque pone en riesgo su vida.
“La persona puede sobrevivir 18 horas con la droga adentro. Después de ese tiempo termina en el hospital o el cementerio”, sentencia la fuente.
“Lo principal –explica Collazo– es observar conductas. Marcas de los ojos, gestos de la cara, nerviosismo. Algo fundamental es también leer la ruta aérea. Si el pasajero viaja de La Paz a Lima y de Lima a Johannesburgo entonces te dan las horas y la mula llega con la ingesta. Pero si el vuelo tiene 250 escalas y tarda más de 20 horas entonces es poco probable que transporte drogas.”

Fuente: Un día con la policía “progre” que no marcha, no desfila, ni hace la venia
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